Baloncesto.

Aquí tenéis un vídeo de un partido de la liga femenina de Baloncesto: Mann Filter Zaragoza-Perfumerías Avenida. Observadlo detenidamente fijándoos en el equipo con camiseta azul y buscad información en los apuntes de clase o en internet  para contestar a las siguientes preguntas:

1- Enumera y explica 5 reglas básicas del baloncesto. Dibuja el terreno de juego con las diferentes líneas y a qué distancia está cada una. (1 punto)

2- Anota el número de cada jugadora y dime en qué posición juega (base, escolta, alero, pívot). Explica las características físicas y técnicas que tienen cada una de ellas, así como las acciones más comunes de partido que suelen hacer. (1 punto)
3- Dónde está situado el marcador que indica la posesión de juego (24 segundos). Explica para qué sirve. (1 punto)
4- Explica en qué consiste el tiempo muerto, cuándo se concede y cuánta duración tiene. (1 punto)

Pincha en el enlace para ver el partido:

http://www.rtve.es/alacarta/videos/baloncesto-femenino/

Contesta a las siguientes preguntas sobre el texto que aparece a continuación:

5- ¿De dónde era originario Manute Bol? ¿Qué lo hacía diferente al resto de jugadores de baloncesto de la NBA? (1 punto)

6- ¿Qué quiere decir que tenía una fisionomía singular? ¿Por qué crees que sorprendió a todo EEUU la anécdota del león? (1 punto)

EL GIGANTE DE LAS PIERNAS DE ALAMBRE.

http://historiasdeldxt.blogspot.com.es/2011/04/manute-bol-el-gigante-de-las-piernas-de.html

Con sus 231 centímetros de estatura ha sido, junto al rumano George Muresan, el jugador más alto de la historia de la NBA. Extremadamente delgado (apenas pesaba 90 kilos), las piernas de Manute Bol parecían finos alambres a punto de quebrarse. Tras sufrir mil y un avatares en pos del sueño americano, logró hacerse un hueco en la mejor liga de baloncesto del mundo. Consiguió fama, dinero y el cariño de todos, especialmente en su Sudán natal, país por el que luchó hasta los últimos días de su intensa y sorprendente vida. Pero el destino no fue benévolo con él, y murió joven, enfermo y arruinado.

A mediados de los años 80 la fotografía de un peculiar jugador de baloncesto dio la vuelta al mundo. Era la imagen de un chico de color con la camiseta número 10 de la modesta Universidad de Bridgeport (Connecticut). Tenía cara de niño y era largo, muy largo, de cuerpo infinito, como no se había visto antes. En la imagen -la primera que podéis ver debajo de estas líneas- el chico, de nombre Manute Bol, originario de una tribu de Sudán, levanta sus brazos para, sin despegar los pies del suelo, llegar prácticamente a la altura del aro. Tras él, uno de los árbitros del encuentro da la auténtica perspectiva de su descomunal envergadura. Pero lo que más sorprendió fueron sus brazos y sus piernas, auténticos palillos, y lo escuálido de su cuerpo. La fotografía mostraba a un “fideo andante” sobre una cancha. Estábamos, posiblemente, ante la fisionomía más singular de la historia del baloncesto; parecía mentira que ese cuerpo pudiera jugar contra auténticas moles sin romperse en mil pedazos.

Meses después, el joven Manute aterrizaba por fin, tras un sinfín de avatares, en la mejor liga de baloncesto del mundo. Era el primer africano que lo conseguía. Su llegada a la NBA despertó el lógico interés de lo insólito. En octubre de 1985, en una de sus primeras comparecencias públicas, decenas de periodistas le asediaban y acribillaban a preguntas: “¿Le asusta el reto de enfrentarse a los mejores jugadores del mundo?”. “No me asusta nada –respondió con timidez-. Recuerdo que cuando era más joven tuve que cazar un león con mis propias manos”.

 Estas declaraciones agrandaron su leyenda, y contribuyeron a aumentar la fascinación hacia su figura y su historia personal, la de un joven llegado de un mundo lejano y salvaje que triunfa en el país de las oportunidades. Años después, el propio Manute Bol matizaría y pondría en su verdadera dimensión aquel episodio. Según su narración posterior, cuando tenía 15 años, en una de sus jornadas a campo abierto con el ganado, una de las vacas fue devorada por un león, algo que le atemorizó; por eso, los días siguientes llevaría consigo una lanza. Una de esas mañanas, encontró al león durmiendo bajo unos arbustos; sigilosamente, se acercó y le arrojó la lanza con todas sus fuerzas, acabando con la vida de la bestia. El gigante sudanés reconocería que de no haber estado dormido el fiero animal, no se hubiera atrevido a enfrentarse a él.

 

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